Cuento de Libreta

Cuento de Libreta es un espacio gestionado por un narrador de historias, quien vincula mundos alternos y personajes aleatorios con algunas situaciones reales.

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Rostros


“El día ha despertado para todo el vecindario. El insomnio me ha provocado que deje de soñar, pero esos rostros que omití durante la noche aún me persiguen.”


Estaba sediento, tumbado sobre la cama, con esas eternas ganas de dormir. Recuerdo que estaba desnudo, cubierto con una sábana, mientras un aire fresco entraba por la ventana. Todavía faltaban diez minutos para que el sol comenzara a estrellarse en mi rostro. Aunque tenía un poco de hambre, mi mente estaba centrada en la angustia de llevar cuatro noches seguidas sin poder conciliar el sueño.

Sin duda, me preocupaban las secuelas que eso traería a mi salud, pero lo que más me inquietaba era pensar en la serie de rostros que había dejado de soñar durante esas largas horas de insomnio.

Siempre he creído que los sueños son ese espacio necesario para liberarnos, para finalmente ser los protagonistas de nuestras propias vidas: sin frenos, sin ataduras, sin daños colaterales, sin excusas y sin anhelar un “Ctrl + Z” para retroceder.

—¿Y si esos rostros son más que simples figuras? ¿Y si al no soñarlos me estoy perdiendo de mí mismo? —reflexionaba, mientras escuchaba los primeros cantos de las aves que alegremente revolotean en mi ventana.

A lo lejos, escuchaba a los autos circular sobre la gran avenida. El café de la vecina comenzó a desprender su exquisito aroma. Algunos niños caminaban por la banqueta, riéndose de la vida misma. Un perro ladró. El otro se le unió. Una madre, notoriamente nerviosa, apuraba a gritos a sus gemelos para subirlos a la camioneta y llevarlos al colegio.

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El auto de don Fabricio.

Para disimular el bullicio que me rodea, pongo una música suave, casi imperceptible. Sin embargo, el track es interrumpido abruptamente por don Fabricio, que enciende su poderoso auto de colección alemana. Luego, doña Gissel abre el ventanal de su departamento. Estoy seguro de que el rechinido de esas bisagras (también de colección alemana, pero sin mantenimiento) resuena por todo el vecindario.

El día ya ha despertado para todos. Mis vecinos se sumergen en sus rutinas, ajenos a que la noche anterior no fue placentera para todos.

Mis ojos cansados parecen haber dejado de luchar contra el insomnio, pero la ansiedad persiste. Muy en el fondo, sé que esos misteriosos rostros aguardan su momento para emerger en una de esas historias extrañas que nacen en el efímero espacio de mi mente.

Así, me convenzo de que he logrado protegerme una noche más.

El sol ya me encandila… es momento de tregua frágil.

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Después de abrir el ventanal, doña Gissel se asoma para observar que las rutinas del vecindario siguen su curso sin contratiempos.

¿Fin?


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