“Recuerdo que la ansiedad recorría cada centímetro de mi cuerpo mientras pasaban los minutos esperando tu veredicto”.
Realmente no estoy seguro de cuándo fue la primera vez que te vi, ni de cómo fue que nuestros caminos se cruzaron. Solo sé que en tus brazos veía un refugio para consolar mi dolor y que deseaba quedarme ahí para siempre. Amaba esa manía tuya de morderte el labio inferior, pero más aún el gesto involuntario, sensual y único que se formaba en tu rostro cuando lo hacías.
Tampoco puedo recordar las palabras exactas con las que te invité a salir, pero sí tengo muy presente tu amable evasiva al responderme que lo ibas a pensar. En ese momento sentí un vacío desconsolador, temeroso de arruinar lo poco o mucho que existía entre nosotros. Sé que te pregunté si querías ir a caminar o preferías ir a cenar… quizá esa falta de imaginación para concretar un plan o la poca seguridad que demostré en ese momento fue crucial para convencerte de que yo no era el ideal para un futuro contigo.
Confieso que la ansiedad recorría cada centímetro de mi cuerpo mientras pasaban los minutos esperando tu decisión.
A la mañana siguiente, fue en una parada de autobuses donde coincidimos de nuevo. Con ímpetu traté de saludarte a lo lejos. ¿Fue mi cara de idiota enamorado la que te hizo evitarme para seguir tu camino? Sé que me viste, que notaste mi sonrisa torcida y que me ignoraste deliberadamente.
Supongo que esa fue tu manera más neutral de confirmarme que había sido un tonto al encariñarme y creer que alguien como yo podría estar a tu lado.

Mis ojos se volvieron quebradizos, al punto de contener mi llanto. ¿Los transeúntes se habrán percatado de que me acababan de romper el corazón? No importaba. Tampoco estoy seguro de cuánto tiempo permanecí inmóvil.
—Parece que se aproxima una tormenta —me dijo una señora que alistaba su paraguas negro.
Le respondí que en mí ya había un huracán interno y me alejé.
Al tiempo que mis lágrimas por fin brotaron, la lluvia también se desató y solo así pude disimular el estado tan deplorable en que me encontraba.
Ha pasado más de un año desde entonces y sigo arrepentido de no haberte alcanzado esa vez. ¿Habría cambiado algo? Me lo he preguntado todo este tiempo. Nunca quise llamarte, ni buscarte para averiguarlo.
Aunque me han dicho que eres muy feliz, no hay día en que no me despierte pensando en ti, ni noche que no me duerma abrazado a la almohada creyendo que aún muerdes tu labio inferior por mí para formar ese rostro sensual tan tuyo.

¿Fin?

Deja un comentario