“Después de un largo viaje, por fin aterricé sin contratiempos en aquel lejano planeta, pero la sombra ya esperaba por mí”.
Recién había descendido del transbordador espacial para comenzar a explorar ese planeta desconocido. La misión iba conforme a lo planeado; habían pasado 11 meses, 13 días y 7 horas desde que me abroché el cinturón para iniciar con el despegue.
La densidad atmosférica de ese solitario mundo era más alta que la de la Tierra. Tampoco había oxígeno, ni agua.
Sin embargo, necesitaba encontrar un elemento para que la humanidad pudiera sobrevivir a la radiación emitida por la serie de bombas atómicas que el Régimen Mandatario mandó detonar en cada uno de nuestros continentes.
Esto comenzó nueve años atrás, cuando un grupo de presidentes y primeros ministros se alió con sus familiares más cercanos para dominar el mundo. Se autodenominaron el Régimen Mandatario.
Entonces surgió la Rebelión, que éramos el resto de la humanidad. Tras deambular durante años por las ciudades devastadas, por fin nos organizamos para luchar y derrocarlos.
La situación no era fácil: el Régimen Mandatario se encargó de concentrar y acumular los recursos naturales que quedaban, dejando a la población con nada más que su instinto de supervivencia.
Con cada día, el ideal de recuperar lo nuestro ganaba adeptos y nuestro grupo se fortalecía con seguidores deseosos de luchar hasta las últimas consecuencias. De esta manera, nos convertimos en la única esperanza de vida para escapar de una muerte anunciada.
Un puñado de hackers fue reclutado por los Eruditos para sustraer códigos y tecnologías avanzadas del Régimen Mandatario. Mientras tanto, los ingenieros de La Rebelión debían adaptar y mejorar todo lo que consiguieran para que, antes de derrotarlos, experimentaran nuestro sufrimiento.

Sin embargo, el Régimen Mandatario tenía videovigilado todo el planeta y lanzaba misiles esporádicos para destruir las pocas armas que lográbamos diseñar.
La inteligencia dentro de La Rebelión logró descifrar la periodicidad de esos ataques hasta anularlos. Fue entonces que el Régimen Mandatario respondió lanzando bombas atómicas y la historia cambió para siempre… en cada continente explotaron al menos tres de ellas. La destrucción era inminente; el caos y la radioactividad se apoderaron del mundo.
Aun así, la esperanza de vencerlos continuaba viva y más fuerte que nunca. Los sobrevivientes de La Rebelión comenzaron a trabajar en bases subterráneas secretas para evitar ser rastreados y dar continuidad al trabajo ya realizado.
Con recursos cada vez más escasos, se apostó por construir un pequeño transbordador que llevaría a un único valiente hacia otro planeta para comprobar y continuar la investigación que por años había realizado el Dr. Crown, un científico que vivía sus últimos días.
Él decía que las piedras espaciales de ese planeta tenían la capacidad de mutar de manera guiada para crear un ser que podríamos utilizar a voluntad para derrocar al Régimen Mandatario. La misión era traer a la Tierra la mayor cantidad de ese material.
Enseguida, esas mismas piedras se disolverían en el agua contaminada de la Tierra para crear una reacción química que eliminaría y curaría la radiación vertida.
Fui elegido por mi experiencia al frente de un comando especial que tuvo éxito en todas las misiones de guerra encomendadas. Tras un arduo entrenamiento, mientras el Régimen Mandatario estaba distraído con su celebración de Año Nuevo, la madrugada del 1 de enero de 2075 despegué en el transbordador para enfrentarme a lo desconocido.
Después de un largo viaje de 11 meses, 13 días y 7 horas, por fin aterricé sin contratiempos en aquel lejano planeta. Debía aprovechar al máximo mi estancia y recolectar tantas piedras como fuera posible.
Así lo hice. Me sorprendí al comprobar que todas las teorías y predicciones del Dr. Crown se cumplían al pie de la letra.
Luego de una semana, estaba listo para el regreso. Sin embargo, antes de alistarme para el despegue, salí por última vez a la superficie para apreciar el idílico paisaje.

Mientras reflexionaba sobre nuestro esfuerzo y el gran cambio que estaba por experimentar la Tierra, en el horizonte lejano vi una formación extraña: piedras mezcladas con polvo y luces incandescentes. Era enorme y se movía con voluntad propia.
Un roce, casi imperceptible, hizo vibrar el suelo. En ese instante supe que estaba en problemas. Un escalofrío recorrió mi espalda.
A pesar de la distancia, sentí que aquello me observaba con intención de cazarme. Sin movimiento físico, era una sombra que se alimentaba de la presencia misma.
Una fuerza lejana comenzó a arrastrarme, y cada paso que daba me acercaba más a esa marea creciente de oscuridad.
Con mucha dificultad pude abordar el transbordador, mi único refugio. Mi respiración entrecortada empañaba el visor de mi casco, pero aun así veía cómo esa mezcla cósmica iba consumiendo todo a su paso.
Por fin me instalé en el sillón de mando. Los controles respondieron fríamente, como si el sistema anticipara lo peor. Encendí el módulo de comunicación para informar de la situación al equipo de La Rebelión que estaba a cargo de nuestra misión en la Tierra.
Aunque logré iniciar los motores, la sombra impactó mi nave con tal fuerza que la partió quirúrgicamente por la mitad, liberando así las piedras que con tanto esfuerzo había recolectado.
El golpe me lanzó al suelo polvoso de ese planeta. Desde allí vi cómo las piedras eran manipuladas por una extraña fuerza para integrarse a la sombra, haciéndola más grande y poderosa.
De repente, en la oscuridad total, la atmósfera se tornó todavía más pesada. Sentí que me elevaba, como si estuviera siendo succionado por esa presencia. El terror me invadió… no era un miedo físico, era una invasión mental.
La frustración y el fracaso de toda la humanidad pasó frente a mis ojos, que comenzaron a derramar lágrimas.
—Siento mucho haber desperdiciado nuestra única oportunidad. Hasta pronto —me despedí de la Tierra a través del módulo de comunicación de mi casco. Antes de quedar en el vacío absoluto alcancé a escuchar sus gritos de lamentación.

Luego, fui abducido por ese ente espacial.
—Lo que pensábamos dominar para destruir a quien nos dominaba terminó por dominarnos y destruir toda nuestra esperanza —reflexioné mientras flotaba en la nada.
Estaba desolado.
Mi ascenso se detuvo intempestivamente y fui depositado en un cuarto oscuro. Mi traje de astronauta estaba intacto; encendí las lámparas laterales del casco para ver a mi alrededor. Solo había una hoja de papel y un pequeño lápiz.
Sin dudar, los tomé y aproveché el tiempo que me quedaba de vida para escribir esta historia.
El oxígeno de mi tanque estaba por consumirse. Ahí, acostado en la oscuridad, justo en el momento previo a perder el conocimiento, imaginé que la sombra interpretaba mi carta y viajaba a la Tierra no solo para rescatar a los sobrevivientes y curar el planeta, sino también para divulgar esta gran hazaña.

¿Fin?

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