“El auto, sumergido en el mar, era visible desde la carretera. El sudor frío recorría mi frente, mientras la voz de mi amigo se desvanecía”.
Eran aproximadamente las 6:00am y aún estaba oscuro. La carretera que va hacia las afueras de la ciudad, sobre un peñasco y bordeada por la extensa playa, se me hacía un lugar increíble para ir a correr. A esa hora circulaban pocos autos, así que podía escuchar con claridad el sonido de las olas rompiendo contra las rocas. Confieso que mis piernas se movían de manera casi automática, acostumbradas ya a la rutina diaria. Desde que había sido admitido en el Departamentos de Investigaciones, mis días comenzaban igual: levantarme temprano, salir a hacer ejercicio para luego regresar a casa, bañarme, desayunar e irme a la oficina.
Pero esa mañana se sentía diferente. Una incertidumbre se había apoderado de mí, por lo que mi trote se notaba pesado y torpe. Aunque el mar estaba en calma, algo en el aire me obligaba a estar alerta. Continué corriendo, como si eso me ayudara a dejar los titubeos atrás. Preferí concentrarme en cada uno de mis pasos, que poco a poco iban resonando con mayor firmeza sobre el solitario asfalto.
De repente, al salir de una curva, un destello rojo me llamó fuertemente la atención. Eran luces parpadeando sobre el mar, a unos cuantos metros de la orilla. A medida que me acercaba, el panorama comenzó a aclararse. Un auto estaba flotando: la mitad delantera estaba sumergida, con las luces intermitentes encendidas. La parte trasera sobresalía de las agitadas aguas.
Me detuve en seco, sin poder apartar la mirada. El auto parecía haber caído desde lo alto, pero… ¿cómo era posible? Las huellas del derrape, los restos de la barra de contención… no había nada en el entorno que sugiriera un accidente. La carretera estaba intacta. Era como si lo hubieran arrojado a propósito, de manera calculada.
Un escalofrío recorrió mi columna vertebral, pero mi instinto de policía me empujó a actuar. Saqué mi celular, listo para marcar a la comandancia y pedir refuerzos, pero luego pensé que podría haber heridos que necesitaban atención inmediata. Decidí no perder tiempo, guardé el teléfono y me adentré en la ladera, descendiendo lentamente entre los árboles y la hierba. Los primeros rayos de sol comenzaban a asomarse, tiñendo el cielo de un naranja apagado.
Deduje que, conforme me acercara a la playa, encontraría piezas o pedazos del auto tras un impacto, pero no. Ni una sola pista. Solo el implacable mar, lamiendo la arena. Miré el vehículo con más atención y había algo en él, una sensación extraña… como si ya lo hubiera visto antes.
Justo en ese momento, sonó mi celular. Era mi mejor amigo.

—¿Puedes venir a la playa? ¡Tuve un accidente en el carro! Creo que estoy bien, solo tengo unos moretones y una herida en la frente. —Dijo, con voz temblorosa.—¿A qué playa?
—La que está hacia las afueras de la ciudad.Mi estómago se apretó. No podía creerlo. Miré a mi alrededor. Estaba allí.
—Amigo, no me digas eso, ¡estoy aquí! ¿Acaso es tu auto el que está en el mar?
—¡Sí! ¡¿Dónde estás?! ¡No te veo!
Mi corazón se aceleró. El sonido del mar golpeaba con fuerza mis oídos. Miré de nuevo hacia el auto, luego a la playa y a la ladera, pero el lugar parecía vacío, desierto. No veía a nada, ni nadie.
—Estoy en dirección a la puerta del copiloto del auto. ¿¡Dónde estás!? —Le dije con desesperación.
El teléfono hizo un ruido sordo, como si algo en la línea se estuviera desvaneciendo. El eco de sus palabras se perdió en el aire.
Con mucha preocupación caminé por la orilla, apurando el paso, pero la arena parecía extenderse interminablemente. Era como si la playa se lo hubiera tragado. A cada paso que daba, la sensación de desconcierto aumentaba. Algo no estaba bien.
—¿Hola? ¿hola? —gritaba con preocupación, como tratando de volver a conectar con él. Al no poder concretar colgué.
Con cada paso mi respiración se hacía más difícil. La incertidumbre me rodeaba. Volví a marcarle, sin dejar de caminar.
—¿Hola? —Me respondió tembloroso.
—¡Amigo!… ¡amigo mío! Aquí estoy, parado sobre la arena, justo frente al auto. ¡No te veo! ¿Dónde estás?
La respuesta fue desconcertante.
—Aquí, sentado a tu lado.
Miré a mi alrededor, confundido, buscándolo entre el auto, el mar, la arena, las rocas… pero no había nadie. La angustia me invadió. ¿Cómo podía estar tan cerca y no verlo?
Y entonces, una sombra emergió desde el auto. Una figura oscura se movía rápidamente hacia mí. Quise correr, pero mi cuerpo estaba paralizado. Sentí una presión indescriptible, pues eso estaba tratando de absorberme. Algo sobrenatural estaba ocurriendo.
Un golpe de terror recorrió todo mi ser. Fue tan abrupto que todo se desmoronó a mi alrededor.

Desperté de golpe, el sudor frío empapaba mi frente. El sonido del mar ya no estaba, ni la intermitencia de las tenebrosas luces. La sombra aterradora había desaparecido… solo apreciaba el eco lejano de mi respiración acelerada.
Miré a mi alrededor, aún desorientado. La lámpara de mi buró me confirmó que estaba en mi recámara. Todo se fue aclarando, había sido solo un mal sueño.
Justo en ese momento, sonó mi celular. Era mi mejor amigo.
—¿Puedes venir a la playa? ¡Tuve un accidente en el carro! Creo que estoy bien, solo tengo unos moretones y una herida en la frente. —dijo, con voz temblorosa.
—¿¡A qué playa!? —respondí, con la tensión de la pesadilla aún en mi voz.
—La que está hacia las afueras de la ciudad.
Mi estómago se apretó. No podía creer lo que estaba escuchando.
—¡Caíste, maldito! —se carcajeó, disfrutando claramente de la broma.
—Creo que… te voy a matar cuando te vea —respondí somnoliento, tratando de disimular mi enojo y frustración.
Colgué el celular, odiándolo un poco. Me recosté de nuevo en la almohada, pues la adrenalina de la pesadilla todavía recorría mi cuerpo.

¿Fin?

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